II Domingo de Pascua

April 7, 2018

SEÑOR Y DIOS MÍO | 1 Jn 5, 1-6; Jn 20, 19-31

 

     Es por muchos conocida la imagen y la devoción a la Divina Misericordia propagada en todo el mundo por Santa María Faustina. Es una bendición contar con una fiesta que nos recuerde lo nuclear de nuestra fe: Jesús salva porque es misericordioso, no porque seamos justificados por nuestros méritos (Rom 9, 16). Por eso, algo tan crucial como es la Misericordia divina, sería un error reducirla a la expresion simbólica de una revelación privada, a una imagen o a un ícono, que aunque de gran valor y ayuda, es, como todo símbolo, diciente, rico en sentido, pero limitado a la vez.

 

       La misericordia de Dios tiene su fundamento en la Revelación misma, en la Sagrada Escritura y, desafortunadamente, muchos católicos se quedan con una sola faceta de la Divina Misericordia, la de pedirla, pero olvidan lo segundo: darla. Además de recibir la Misericordia como don inmerecido, debemos practicarla, lo cual es una consecuencia de nuestro discipulado en Jesús, el Señor de la Misericordia.

 

      Jesús nos enseña claramente cómo es Dios con los que necesitan compasión y cómo es ante quienes niegan la misericordia a otros, basta leer la parábola del Siervo Despiadado (Mt 18, 21-35). Jesús espera que seamos misericordiosos como él, por eso dice a Pedro que debe perdonar setenta veces siete ( Mt 18,15-22 ), que significa “siempre”. El perdón a los enemigos es condición para su seguimiento (Lc 6,27-38), y no podemos orar sin tener esto presente: "Perdona nuestras ofensas como también perdonamos a los que nos ofenden” (Mt 6,12) decimos en el Padre Nuestro. No hay culto ni ofrenda que agrade a Dios si no nos hemos reconciliado con el hermano: “Por tanto, si estás presentando tu ofrenda en el altar, y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar, y ve, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda” (Mt 5,24). En la parábola del Buen Samaritano, Jesús nos deja claro que  solo nos hacemos prójimos al practicar la misericordia unos con otros y no por practicar las formas religiosas (Lc 29-37). De hecho, en el juicio final, no se habla de otra condición mas que la de haber sido misericordiosos con los necesitados (Mt 25,35-45).  Jesús no ha venido a condenar al mundo, sino ha salvarlo (Jn 12,47) pero hay quienes disfrutan condenando en vida a la gente y olvidan que con la vara con la que midan serán medidos (Mt 7,2). Y como el discípulo no puede ser mas que su maestro, en la medida en la que seamos misericordiosos como Jesús, nos acercaremos más a cumplir su voluntad (Mt 10,24). En definitiva, no hemos entendido el mensaje de la Divina Misericordia si la devoción no nos mueve a ser misericordiosos y compasivos  con  los demás, a promover la reconciliación, a ser agentes de paz.

 

Por tu dolorosa pasión. ¡Ten misericordia de nosotros y del mundo entero!

 

   Es el costado traspasado de Cristo el signo del perdón absoluto y su Espiritu nos anima su para replicar en nuestras vidas ese mismo perdón inmerecido. A la frase: “A quienes perdonen los pecados, les quedarán perdonados; a quienes no se los perdonen, les quedarán sin perdonar” (Jn 20,23) muchos interpretan como un poder para condenar, cuando en realidad  es una responsabilidad: la de estar al servicio de la reconciliación, la de hacer llegar a los apartados el perdón y la misericordia que nadie más les quiere ofrecer por su condición. En otras palabras: “¡habrá muchos que no recibirán la misericordia de Dios si ustedes no la llevan!”    Cuando un cristiano niega compasión a un hermano, no solo no ha entendido el mensaje de la misericordia, sino que se convierte en colaborador del “acusador de nuestros hermanos” (Ap 12,10). No estamos para acusar y condenar a nuestros hermanos, estamos para ayudarlos a reconciliarse, a convertirse, a ser hijos de Dios. Es nuestro deber procurar que los apartados, los alejados, los marginados, formen parte de nuestra comunidad, es nuestro deber invitarlos a transformar sus vidas según el querer de Dios, aunque eso implique el rechazo de muchos, inclusive de miembros de nuestra misma comunidad eclesial encerrada en categorías morales infranqueables que se creen más santos y mejores al poner barreras a la reconciliación y a la integración. Qué triste es que muchas veces a esos apartados quienes les tienden la mano sean personas no creyentes o creyentes de otras denominaciones religiosas, que quizás por tener menos prejuicios morales, tienden la mano por puro sentido común de solidaridad y por tener un gesto mínimo de humanidad. Esa misericordia que nos resistimos a aceptar como Tomás, que  se resistió a creer a sus hermanos y que luego, avergonzado, debió tocar las llagas del resucitado por incrédulo.

 

     Que el Señor nos dé fuerza para no tener que tocar sus llagas con vergüenza, sino sabiendo que por su misericordia somos perdonados TODOS. Que el Señor nos dé su paz para poder acoger este don  inmerecido que es su gracia, puesto en vasijas de barro. Seamos dichosos si somos capaces de creer que, de su costado traspasado, brota vida verdadera y salvación para todos, pero sobre todo, para los más pecadores.

 

 

 

SEÑOR Y DIOS MIO

Música y letra: Javier Brú

 

 

Creer en Jesucristo, Hijo del Padre, es renacer.

De su costado con agua y sangre

viene a nosotros la misericordia

con él vencemos un mundo de muerte

y su Espíritu atestigua esta Verdad.

Aquel domingo glorioso

a puertas cerradas los suyos están

Y Jesús, en medio de ellos

se muestra con gloria, su cuerpo no es igual.

Y a todos dice el resucitado:

 

LA PAZ, LA PAZ, LA PAZ

ESTÉ CON TODOS USTEDES

ASÍ COMO EL PADRE ME ENVIÓ,

ASÍ LOS ENVÍO YO A USTEDES.

MI ESPÍRITU OBRARÁ

PARA RECONCILIAR AL MUNDO:

A QUIEN PERDONEN, DE DIOS ALCANZARÁN

LA COMPASIÓN QUE EL MUNDO ESTÁ ESPERANDO.

 

Tomás estaba ausente cuando glorioso Jesús llegó

“Estuvo aquí, y todos lo vimos”

alegres contaban, mas él respondía:

“Mientras no palpe el hoyo en sus manos

y el costado traspasado no creeré”

Y así, después de ocho días,

con todos presentes, Jesús regresó

y a Tomás llamándole dice:

Palpa mis heridas… ahora puedes creer”

Y él le responde, “Señor y Dios mío”.

 

LA PAZ, LA PAZ, LA PAZ…

 

Tomás creyó después de verte,

mas dices que serán dichosos

aquellos que aun sin poder verte

crean que has vencido la muerte

y pongan su confianza en ti.

 

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